Von
Wernich en Arana: recomendó a una detenida ir a Cáritas
para "ayudar a los pobres"
Se
lo dijo a María Cristina Bustamante, la primer ex detenida
que cuenta que habló con el represor en ese centro
clandestino. Rodolfo Tiscornia, en tanto, relató el parto
de la desaparecida Mary Artigas en Banfield. Y un ex
policía, presunto apropiador, aseguró que no supo de
desaparecidos.
Por Francisco Martínez y Lucas Miguel
(Secretaría de Prensa)

María Cristina
Bustamante dijo estar "absolutamente segura"
de haber estado con Von Wernich. (Foto: FM). |
LA
PLATA.- Un nuevo testimonio contra el sacerdote
represor Christian Von Wernich se produjo hoy en el Juicio
por la Verdad, cuando la sobreviviente María Cristina
Bustamante dijo que el cura tuvo una conversación con ella
en un centro clandestino de Arana, momentos antes de ser
liberada.
Bustamante,
hoy una docente de 48 años que vive en Cosquín, relató
que Von Wernich le recomendó "ir a Cáritas" si
sus intenciones eran "ayudar a los pobres". Esto
fue el 10 de marzo de 1978, cuando la mujer estaba por ser
liberada luego de pasar casi seis meses secuestrada en
centros clandestinos de La Plata.
"Me dijo que (a partir
de la liberación) me tenía que cuidar de todo (...), que
no tenía que guardar rencor", recordó la
sobreviviente y señaló que cuando le dijo que había sido
detenida sin tener ninguna militancia política, Von Wernich
le contestó: "Errores puede haber (...) los caminos de
Dios son así".
La testigo dijo estar
"totalmente segura" de que el sacerdote que la
"atendió" era Von Wernich. "A ese lo vi
porque hizo que me quitaran la capucha", afirmó.
Señaló además que años después lo reconoció cuando el
cura apareció en la televisión.
Cuando el juez Antonio
Pacilio le preguntó a Bustamante si se le ocurrió
preguntarle al sacerdote por qué la habían secuestrado, la
ex detenida contestó: "Me superó mucho el asco".
—¿El sabía lo que
pasaba? —inquirió el juez.
—Yo supongo que una persona que va a Arana y pide que me
quite la capucha para hablar conmigo es alguien que no
desconoce lo que está pasando.
Este testimonio complica
aún más la situación de Von Wernich, que está detenido
desde septiembre pasado a disposición del juez federal
Arnaldo Corazza. Bustamante se convirtió hoy en la testigo
número 25 que declara contra el sacerdote represor en el
Juicio por la Verdad y es la primera en decir que estuvo en
el Destacamento de Arana.
En su testimonio, la mujer
relató que fue detenida ilegalmente por un grupo de seis
uniformados el 24 de septiembre de 1977, en su domicilio de
calle 43 esquina 121 de esta ciudad. Entonces, Bustamante
era estudiante de Bioquímica en la Universidad Nacional de
La Plata.
El primer sitio al que la
llevaron fue la Brigada de Investigaciones de La Plata,
donde fue interrogada. "Me preguntaban cosas de las que
yo no tenía idea", afirmó. Por unas horas, fue
trasladada y torturada en Arana. "Allí se escuchaba la
radio de Policía. Era como que no se cuidaban en que yo
sepa dónde estaba".
En la Brigada estuvo hasta
el 5 de octubre, cuando fue trasladada junto a un grupo de
detenidos: Lidia Fernández, Osvaldo Lovazzano, Alberto
Canciani y José Francisco Fanjul. Los tres primeros,
sobrevivieron; Fanjul, en cambio, está hoy desparecido.
A todos los llevaron a la
comisaría 5° de La Plata. Al igual que en la Brigada, la
tortura era en otro sitio: esta vez, la Unidad Regional de
La Plata, en 12 entre 60 y 61. "Nos torturaron durante
todo el día", recordó Bustamante.
Agregó que en la 5°
sufrió un "amague" de violación por parte de uno
de los guardias. "Un hombre canoso, me sacó la venda y
me dijo: «Ahora cuando todos se vayan a dormir, yo vuelvo.
Esperáme». Yo imaginaba que venía una violación pero
ahí pasó un milagro. Nunca hacían traslados los días de
lluvia, pero la trajeron a Lidia y la pusieron conmigo en la
celda".
"Ella fue la persona
que me sostuvo y que hizo que yo pudiera seguir viviendo.
Había sido terriblemente torturada en la (Escuela de
Policía) Vucetich", señaló la ex detenida.
En esa comisaría estuvo
con los hoy desaparecidos Héctor Baratti, Eduardo Bonín y
Humberto Fraccaroli. "El estado de ellos era de presos
de un campo de concentración", señaló Bustamante, y
recordó que Baratti le refirió el nacimiento de su hija en
ese centro clandestino. Se trata de Ana Libertad,
desaparecida al igual que su madre, Elena De la Cuadra.
El 7 de febrero de 1978,
Bustamante fue trasladada a Arana. La testigo señaló que
en ese lugar la torturó la misma persona que lo había
hecho en la comisaría 5°, a quien no pudo identificar ni
describir por haber estado vendada todo el tiempo.
"Fueron mil
años"
Hoy también declaró el
sobreviviente Rodolfo Tiscornia, quien estuvo detenido
ilegalmente en las brigadas de Quilmes y Banfield del 14 de
julio de 1978 al 29 o 30 de agosto de 1978.
Tiscornia, de 48 años,
arquitecto oriundo de la provincia de Río Negro, fue
secuestrado en la empresa Fletes La Estrella, de 21 y 36 de
esta capital, donde era fletero asociado con su camioneta,
trabajo que le permitía financiar sus estudios en la
Universidad de La Plata.
"Apareció un hombre
trajeado, de bigotes y lentes oscuros preguntando por mí.
Me agarró del brazo y me sacó a la calle. Entre dos o tres
más me pusieron esposas y me subieron a una camioneta Dodge
100, patente finalizada en 315. Mis compañeros salieron a
defenderme, pero estas personas, que eran como diez, estaban
muy armados, con escopetas recortadas", recordó
Tiscornia, quien fue introducido en la caja de la camioneta
con la cabeza tapada por un pullover y, luego, fue
brutalmente golpeado.
El testigo recordó que los
vehículos salieron rumbo al oeste y que se internaron en un
camino de tierra, con barro. A poco de andar, los represores
pararon y le preguntaron a un hombre: "¿Vos sos Diego
Barreda?". Contestó que sí y lo secuestraron.
La camioneta después tomó
por asfalto. Era de noche cuando las víctimas fueron
bajadas en el garaje de la Brigada de Investigaciones de
Quilmes. A Tiscornia le sacaron un zapato, le subieron la
botamanga y le tomaron la presión. "La tiene baja,
así que le pueden dar tranquilos", dijo un represor a
otros.
"Me hacen sacar la
ropa y me tienden boca arriba sobre un colchón. Me dejan
estaqueado y me atan con alambre. Me ponen un cable en el
dedo gordo del pie y me torturan con picana en los
genitales, la boca, los muslos. Otro (represor) me apretaba
la cara con una lona. No sé cuánto tiempo fue. Fueron mil
años", narró Tiscornia.
"El experto era un
tipo gordo, con pullover negro y un medallón
colgando", señaló. Y describió al jefe de los
torturadores como el "coronel", un hombre muy
bajo, canoso, de alrededor de 50 años, que vestía
impecable y estaba perfumado. "Tenía la nariz
ganchuda", dijo.
El interrogatorio fue
amplio: "Me preguntaban sobre le Mundial (de fútbol),
qué pensaba del 'Proceso' —para mí siempre fue una
dictadura—, si conocía gente, dónde vivía".
Tras la tortura, Tiscornia
fue conducido semidesnudo a un calabozo. Desde allí
escuchó las torturas a Diego Barreda. "Me desvanecí.
El último recuerdo fueron sus gritos desgarradores",
dijo el testigo.
En Quilmes Tiscornia
también escuchó las torturas que sufrieron Rodolfo Nani y
una mujer a la que no pudo identificar.
Dieciocho días duró el
cautiverio en el Pozo de Quilmes. Tiscornia recordó las dos
únicas veces que comió: una vez tomó sopa y otro día le
dieron niños envueltos "muy salados". El agua se
la daban en un recipiente. Pero después de los salados
niños envueltos el agua tardó en llegar varios días.
"La sed fue terrible", recordó. Y señaló que
las necesidades fisiológicas se hacían en un tarro.
Un día lo sacaron de la
celda y lo llevaron a un patio interno. "Sáquese la
venda de los ojos", le ordenó el coronel. El represor
estaba acompañado por otro más joven, de unos 30 años,
también vestido de forma "impecable" y con barba
prolija. Los dos le exhibieron la foto de una pareja, que no
reconoció.
Días después, Tiscornia
fue trasladado a Banfield junto a un grupo de detenidos, en
el que iban Nani y Barreda.
El testigo dijo que, si
bien en este centro clandestino daban de comer todos los
días, las condiciones de detención no eran diferentes a
las de Quilmes: cada celda tenía el tarro donde los
prisioneros debían hacer las necesidades fisiológicas.
Asimismo, indicó que los
represores de Banfield estaban obsesionados por "borrar
las huellas de la represión ilegal: había una cuadrilla de
pintores que blanqueaban los calabozos cuando se
desocupaban".
La comida era llevada a la
celda todos los días por un policía y una detenida:
"Una chica de rulos, Mary, que estaba embarazada de
ocho meses".
"Abrían las celdas y
teníamos que comer como animales durante 10 o 15 minutos.
Esa chica nos explicó que estábamos en Banfield",
recordó.
La joven era la
desaparecida uruguaya María Asunción Artigas, que poco
tiempo después dio a luz a una niña en ese centro
clandestino de detención. Tiscornia se enteró del nombre
completo en una marcha que las Abuelas de Plaza de Mayo
hicieron el 24 de marzo pasado en General Roca (Río Negro),
su ciudad de residencia: "Vi un cartel con la foto y su
nombre", dijo.
Tiscornia evocó aquel
día: "Mary comenzó a tener dolores de parto. Los
guardias le gritaban que aguantara y, luego de seis horas,
se la llevaron. A los tres días la trajeron sin la
criatura. Ella dijo que había tenido una nena, que el parto
fue sobre una mesa y que como sangró mucho le dieron una
toalla para que limpiara. Después llegó el dueño de la
toalla y la golpeó. Nos dijo que le habían dicho que a la
nena la iban a entregar a una maternidad".
El testigo también
señaló que una detenida de nombre Ana ayudaba a Mary
"a sacar la leche de sus pechos". Mary, que se
encuentra desaparecida junto a su marido Alfredo Moyano,
llamó a su hija Verónica Leticia.
La abogada de Abuelas de
Plaza de Mayo, María Ester Alonso, informó en la audiencia
que la niña fue encontrada por las Abuelas en 1987 y
restituida a su familia biológica el 31 de diciembre de
aquel año. Estaba en poder de Víctor Penna —hermano del
temible comisario Oscar Antonio Penna, beneficiario de la
Obediencia Debida— y su esposa, María Elena Mauriño,
quienes la llamaron María Victoria, nombre que la joven
siguió utilizando.
Según Tiscornia, el parto
se produjo entre el 22 y 23 de agosto de 1978. Días
después de aquel episodio, fue liberado en algún lugar del
Gran Buenos Aires. A dos cuadras encontró su camioneta, tal
como le habían dicho. En el bolsillo los represores le
pusieron "el diez por ciento" del dinero que le
habían robado al momento de secuestrarlo.

Lisanda estuvo en
Quilmes, Lanús y San Justo. Pero dijo que él sólo
se dedicaba a reprimir el juego clandestino. (Foto:
FM) |
La desmemoria del
presunto apropiador
Leopoldo Carlos Lisanda, un
ex policía que prestó funciones durante la dictadura en
las brigadas de Quilmes, Lanús y San Justo —todas centros
clandestinos de detención—, y que además está siendo
investigado por la presunta apropiación de una hija de
desaparecidos, dijo hoy ante la Cámara Federal que,
mientras estuvo trabajando en esas dependencias, no se
enteró que allí hubiera detenidos políticos. "Todo
el conocimiento que tuve fue por la televisión y
comentarios posteriores", aseguró.
Lisanda contó que fue
expulsado de la Policía en 1997 a raíz de una causa
abierta en su contra por "violación de
domicilio". Dijo que fue condenado por un tribunal y
que el expediente se encuentra actualmente en la Suprema
Corte, que debe definir una apelación de su abogado.
El ex policía está siendo
investigado por la justicia provincial —el juez federal
Arnaldo Corazza pidió la inhibición del juez de
transición de La Plata, Horacio Nardo— por la presunta
apropiación de una hija de desaparecidos nacida el 5 de
diciembre de 1977 en Quilmes, en un parto que certificó el
médico Jorge Antonio Bergés, condenado recientemente por
la supresión de identidad de Carmen Sanz.
Hoy Lisanda, que declaró
como testigo, no fue interrogado por ello. Las preguntas de
los jueces y el fiscal se dirigieron a establecer el
funcionamiento de los centros clandestinos de detención.
Dijo que en la Brigada de
Quilmes se desempeñó entre 1975 y 1977, que estuvo en
Lanús entre 1977 y 1978 y que en San Justo trabajó desde
el '79 al 80, todos datos coincidentes con su legajo
personal. Lisanda se escudó en su baja graduación para
argumentar que desconocía la existencia de detenidos
ilegales. Ingresó en 1975 como aspirante y en el '76 ya era
agente. Su retiro forzoso en 1997 fue, apenas, como
suboficial principal.
El ex policía dijo que en
Quilmes integró un grupo operativo destinado a
"reprimir el juego clandestino" y que en Lanús
formó parte de otro dedicado a "seguridad personal:
prostitución, parteras (sic), etcétera", dijo. En San
Justo, en tanto, afirmó que se dedicó a "Robos y
Hurtos", lo que provocó risas entre el público.
—¿Vio en Quilmes
movimiento de personas detenidas ilegalmente? —le
preguntó el presidente del tribunal, Antonio Pacilio.
—No.
—¿Encapuchados, denominados por entonces delincuentes
subversivos?
—No. Lo que usted me dice me lo enteré posteriormente, lo
dice todo el mundo. Pero yo no lo vi. Si le digo, le miento—
dijo Lisanda, muy serio.
Cuando Pacilio le preguntó
si había otro tipo de personal en la Brigada de Quilmes —en
alusión a grupos militares o parapoliciales—, el ex
policía respondió: "Los que iban ahí, que no eran
policías, eran nuestros informantes".
Dijo también que, por las
características de su trabajo, "jamás tuve relación
con los calabozos y los detenidos. Jamás tuve contacto,
salvo con los contraventores". Mencionó además a
superiores y compañeros de tareas: un tal Uhalde, como jefe
del grupo operativo en Quilmes, completado por Romagnoli,
Naldo González, Rafael Reynoso y un sargento de apellido
Garate. El jefe de la Brigada, dijo, era Bruno Trevisán.
Lisanda sostuvo que en el
año '80, en San Justo, escuchó hablar de "detenidos
clandestinos", una vez más con la aclaración de que
no los vio. Y agregó que por entonces "en ese lugar no
había detención de gente rara". Cuando le pidieron
precisiones, dijo que "se habló de lo que pasaba en La
Plata y en Arana".
—Hablaban de los centros
clandestinos...- acotó Pacilio.
—No eran clandestinos.
—¿Por qué no eran clandestinos?- preguntó el juez.
—Por cómo se actuaba.
—¿Y cómo se actuaba?- repreguntó.
—Se decía que había detenidos en las brigadas— fue la
escueta respuesta del testigo, que minutos después dijo
haber escuchado que "en Arana había detención
clandestina" (sic).
En Lanús, Lisanda fue
subordinado del represor Rubén Luis Lavallén. "Era el
subcomisario", indicó. Al ser interrogado por lo que
pudo ver o escuchar allí, reiteró: "En el momento de
mi trabajo yo no vi nada". Fue entonces que el juez
Julio Reboredo le recordó que se había "desempeñado
en brigadas que tienen una triste historia".
El ex policía señaló que
en San Justo había un oficial a cargo de apellido Vacareza
y otros oficiales de apellidos Carballo y Acosta.
Cuando el fiscal Carlos
Dulau Dumm le preguntó por la intervención del Ejército
en el mando de la Policía, dijo: "Sé que el jefe era
(el coronel, Ramón) Camps, pero no sabía que la policía
dependía del Ejército". También señaló que
"lo más cerca que estuve de (Miguel) Etchecolatz"
fue cuando el ex comisario le ordenó a su grupo operativo
"buscar una mujer de una casa de citas. No la
encontramos y nos sacó de servicio".
Ex detenida
También declaró María
Ida Insúa, una mujer secuestrada el 21 de octubre de 1976
del departamento de calle 6 entre 45 y 46 en el que vivía
con otras estudiantes universitarias.
"Me llamaban buscando
a «la Rusa»", rememoró Insúa. "Me decían así
porque me pongo colorada muy fácil", agregó.
La mujer señaló que fue
encapuchada y que estuvo secuestrada durante 16 horas. Por
los datos que brindó, habría sido llevada a un centro
clandestino de Arana. Allí fue torturada y preguntada por
un ex novio, de nombre Eduardo Aristía.
La ex detenida contó que
horas después trajeron a sus compañeras de departamento:
María Laura Caselino y María Dolores Mira, junto a
Alejandro Stankien, quienes también fueron torturados.
Insúa señaló que en ese
centro clandestino habló con un sacerdote, que le dijo que
la iba a confesar. No pudo identificarlo ni describirlo.
También dijo que los
represores le preguntaron por Diana Wicklis, quien también
llevaría el apodo de "la Rusa". Insúa dijo que
fue sometida a una suerte de "rueda de
reconocimiento" entre otros detenidos-desaparecidos, y
que tras eso los guardias le dijeron a ella y a sus
compañeras de departamento: "Se salvan porque son
petisas".
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