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18 de marzo de 2004 (B)

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Juicio oral a dos genocidas

Etchecolatz reivindicó la represión
y responsabilizó al Ejército
El represor prestó declaración indagatoria ante el Tribunal, aunque la interrumpió abruptamente antes de las preguntas de la querella. Su discurso fue el de un jefe policial que no se enteraba de lo que pasaba en las dependencias bajo su mando. En tanto, el ex médico policial Jorge Bergés se negó a declarar

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Opinión: Llegamos (por Lucas Miguel)


Por Vanina Wiman (Secretaría de Prensa)



Etchecolatz, en la indagatoria, se puso en víctima. (Foto: F. Martínez)
LA PLATA (18mar03-B).- El represor Miguel Osvaldo Etchecolatz prestó hoy declaración indagatoria ante la justicia federal de La Plata, en el juicio por la sustitución de identidad de la joven Carmen Sanz durante la última dictadura cívico-militar. No llegó a contestar las preguntas más concretas sobre el caso, porque dio por terminada su declaración antes de que los querellantes pudieran interrogarlo. Por su parte, Jorge Bergés se negó a ser indagado.

Etchecolatz comenzó su indagatoria haciendo una reivindicación del accionar policial durante la dictadura —dijo que "en la lucha contra la subversión" la fuerza actuaba "con el código abajo del brazo"—, defendió el plan sistemático de eliminación de personas —sostuvo que había que "terminar con esa lacra"— y deslindó la responsabilidad de los centros clandestinos de detención sobre los militares.

A su turno, el ex médico policial Jorge Antonio Bergés se negó a ser indagado: "Yo ya fui juzgado y absuelto, confirmado por la Corte Suprema de la Nación, en el año '87", fue todo lo que dijo para justificar su negativa.

Distinto fue el caso de Etchecolatz. "Con mucho gusto", respondió el represor cuando el presidente del Tribunal, Nelson Jarazo, le preguntó si accedía a prestar declaración indagatoria. "Desde 1986 vengo siendo objeto de persecución permanente" por parte de "intereses espúreos que se manejaron con un sentido ideológico", manifestó. Y opinó que los organismos querellantes en este juicio "aniquilan el concepto de las instituciones del país" y "se creen líderes de los derechos humanos". El juez Jarazo debió instarlo a que sólo conteste las imputaciones concretas que pesan sobre él, y sólo allí comenzó el interrogatorio.

"Porque es una dama"

Por Luz Zacconi

Por la tarde, el defensor de Miguel Etchecolatz, Adolfo Casabal Elía pidió la palabra al presidente del Tribunal, Nelson Jarazo para comunicarle que su defendido estaba siendo "agraviado" desde el palco del público por una mujer ubicada a escasos metros del banquillo del acusado. 

Ante la situación, que sorprendió a toda la sala, Jarazo repitió lo que había dicho antes y durante el transcurso del juicio acerca de que el público se abstuviera de hacer menciones o gestos de agrado o desagrado respecto de los declarantes.

Luego, Etchecolatz pidió disculpas por haber acusado a la mujer, aludiendo que "es una dama" y que no mereció su imputación La indagatoria continuó ante la mirada fija del público sentado a sus espaldas.

Bergés y Etchecolatz escrachados durante el juicio

Unos treinta jóvenes se concentraron hoy en la puerta de los Tribunales platenses para hacer oír su reclamo de justicia ante la presencia de los represores en el momento en que la defensora oficial, Laura Díaz, exponía las nulidades. La presencia de este movimiento volvió más tenso el ambiente y originó miradas expectantes de los asistentes.

"Olé, olé, olé, olá, como a los nazis les va a pasar; adonde vayan los iremos a buscar". Fue el cántico enfático que se escuchó desde el interior de la sala de audiencias, cuando la Mesa de Escrache Popular, integrado por HIJOS La Plata y otras agrupaciones estudiantiles, se concentró en la puerta de la Cámara Federal.

Sorpresivamente, el grupo ingresó al hall de los Tribunales encontrándose con policías federales y personal de Prefectura. Así, el sonido de los cantos se escuchó en el primer piso imposibilitando la audición nítida del argumento de Díaz, por lo que juez Nelson Jarazo ordenó un cuarto intermedio, al mismo tiempo que dejaba ver su molestia por la interrupción que urgía realizar. La agrupación se retiró después de que el juez Leopoldo Schiffrin saliera a explicar que el juicio continuaría sólo cuando todo volviera a la normalidad.

Entre tanto, personas que se acercaron a la planta baja observaron que uno de los vidrios de la puerta principal del edificio estaba roto. Según una versión que circuló entre los presentes, habría sido una persona en condiciones de libertad condicional que debía notificarse en un juzgado. La desesperación por entrar al lugar y el encuentro con la manifestación, habría sido la causa del accidente que, afortunadamente, no produjo heridos.

Burocracia para entrar

Por Francisco Martínez

El Tribunal, junto a la Policía Federal, desplegó un burocrático operativo a la hora de dejar ingresar al público y a la prensa a la sala de audiencias. En forma lenta,  con "cacheo" y revisión de bolsos —lo que hizo demorar el comienzo de la audiencia— se fue dejando ingresar a las personas que se habían acreditado por organismo o a los periodistas por medio de prensa. 

La APDH había solicitado en un escrito presentado ayer un cupo de personas para colaborar con el trabajo de los abogados y otro cupo para los periodistas que se encargan de redactar estos informes y ayudar a la prensa en general en su trabajo.

Ese escrito fue ignorado y las listas estaban configuradas de otra forma. Los encargados de prensa de la APDH La Plata estaban en la lista general de medios, pero el prosecretario a cargo del "operativo" sentenció que sólo uno de ellos podía ingresar . Además, se empeñó en hacer entrar primero a los medios "grandes", incluso a los que no estaban acreditados. 

Con mucha dificultad y tras una engorrosa discusión, el paso se franqueó. Un detalle: al comenzar el Juicio, todavía había lugares vacíos en la sala.

Etchecolatz —quien asumió el cargo de Director General de Investigaciones de la Policía de la provincia de Buenos Aires apenas pocos días después del golpe de Estado del '76— sostuvo que el control operacional de los centros clandestinos de detención, y de los prisioneros que allí se alojaban, lo tenía el Ejército.

Ante las preguntas de los jueces, el represor admitió que realizaba recorridas por las brigadas de Investigaciones bajo su mando, pero dijo que "donde había área restringida yo no podía pasar". Con esto quiso desligarse de lo que ocurría dentro de las celdas, que según él estaban "bajo autoridad militar". No obstante, el mismo represor reconoció que eran policías, y de menor rango, los que se encargaban de la custodia y alimentación de los detenidos ilegales.

"(A los detenidos) ni se les preguntaba el nombre", aseguró Etchecolatz, en un intento de reforzar su teoría de que "la policía no tenía nada que ver". Aunque después, en un descuido, deslizó que "(los prisioneros) nos llegaban con un nombre, con un número y se acabó el problema".

Según el represor, en rigor no existieron centros clandestinos de detención: "No era nada clandestino, eso fue un manejo del marxismo, que los llamó «pozos»". Y añadió que "todos los centros que yo conozco, y que estaban bajo la Dirección General de Investigaciones, eran todos conocidos" y "hasta de acceso público".

Etchecolatz se cuidó constantemente de asentar la estructura jerárquica dentro de la Policía provincial, en un intento de separarse lo más posible de Bergés. En todo momento, hizo hincapié en que la cadena de mandos "se respetaba al pie de la letra". Según el represor, esto significaba que él no daba órdenes sin intermediarios al médico policial y que éste tampoco le comunicaba sus acciones directamente.

No obstante, Etchecolatz tuvo que admitir que tanto la Brigada de Investigaciones de Quilmes como la de Banfield estaban bajo su mando, y que Bergés recorría ambas dependencias para atender a los detenidos. Y al tratar de despegarse de esa responsabilidad, el represor cayó en una contradicción: por un lado, insistió en que las Brigadas habían sido "cedidas a la autoridad militar" y que por lo tanto "no tenía que haber detenidos comunes". Pero por otro, al hablar sobre las recorridas de Bergés por los centros clandestinos, dijo que el médico policial sólo atendía "a los delincuentes comunes".

En todo momento, Etchecolatz se refirió a los detenidos ilegales como "prisioneros de guerra", e incluso se permitió relatar una "anécdota", al ser interrogado sobre los partos ocurridos en centros clandestinos de detención: "Hubo un nacimiento en el cual hemos participado (...). Aquellos humildes vigilantes, que hoy la querella llama criminales, tuvieron la calidez de regalarle un cochecito y le hicieron una fiestita a la madre y al bebé".

El ex comisario sostuvo que no sabía qué sucedía con las detenidas ilegales que estaban embarazadas:

— Si había un parto en una Brigada, ¿la Policía se enteraba?— inquirió el juez Jarazo.

— Es que no dio a luz nadie— contestó impertérrito Etchecolatz.

Cuando se le preguntó si conocía a la madre y a la abuela de Carmen Sanz, ambas desaparecidas, respondió que "ni idea".

El imputado quiso dejar asentada su percepción de que los "digitados y cruentos" cargos de los que se lo acusa serían producto de la "maldad" de los organismos de derechos humanos querellantes. Ya al comienzo de la indagatoria había dicho que al escuchar la lectura del requerimiento de elevación a juicio del fiscal Carlos Dulau Dumm sintió "pena y vergüenza". Más tarde, le dijo que le iba a recomendar "un muy buen medicamento para la memoria".

Etchecolatz dio por terminada su declaración abruptamente, después de que el fiscal Hugo Cañón le hizo una pregunta que el represor consideraba que ya había sido contestada.  Primero pidió "moderación" en las preguntas, luego dijo que "al señor (por Cañón) no le respondo más". Finalmente, decidió no continuar con la indagatoria. Minutos antes, y desafiando las formas, su abogado defensor, Adolfo Casabal Elía, le había recomendado que no declarara más.

Antes de irse, el represor dijo que "aquí se desdibuja la realidad con fines espúreos" y que se encontraba en una "situación a la que estaba sometido ilegalmente". Ya al principio de la indagatoria había intentado sostener esta postura:

— ¿Tiene usted antecedentes condenatorios? —preguntó el presidente del Tribunal.

— No le puedo decir, porque tengo un bagaje de procedimientos ilícitos que no sé si hay condena. En definitiva, no sé. Si estoy preso desde hace, no sé, ocho o diez años (sic) injustamente.

— Concretamente, ¿sabe si tiene antecedentes condenatorios y puede identificarlos?

— No los puedo identificar.

 

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