| |
|
|
Juicio
oral a dos genocidas |
Etchecolatz
reivindicó la represión
y responsabilizó al Ejército
El
represor prestó declaración indagatoria ante el Tribunal,
aunque la interrumpió abruptamente antes de las preguntas
de la querella. Su discurso fue el de un jefe policial que
no se enteraba de lo que pasaba en las dependencias bajo su
mando. En tanto, el ex médico policial Jorge Bergés se
negó a declarar
Ver
más: Caso Sanz - Por
dentro
Opinión: Llegamos
(por Lucas Miguel)
Por Vanina Wiman (Secretaría de
Prensa)

Etchecolatz, en
la indagatoria, se puso en víctima.
(Foto: F. Martínez) |
LA PLATA (18mar03-B).- El
represor Miguel Osvaldo Etchecolatz prestó hoy declaración
indagatoria ante la justicia federal de La Plata, en el
juicio por la sustitución de identidad de la joven Carmen
Sanz durante la última dictadura cívico-militar. No llegó
a contestar las preguntas más concretas sobre el caso,
porque dio por terminada su declaración antes de que los
querellantes pudieran interrogarlo. Por su parte, Jorge Bergés
se negó a ser indagado.
Etchecolatz comenzó su
indagatoria haciendo una reivindicación del accionar
policial durante la dictadura —dijo que "en la lucha
contra la subversión" la fuerza actuaba "con el código
abajo del brazo"—, defendió el plan sistemático de
eliminación de personas —sostuvo que había que
"terminar con esa lacra"— y deslindó la
responsabilidad de los centros clandestinos de detención
sobre los militares.
A su turno, el ex médico
policial Jorge Antonio Bergés se negó a ser indagado:
"Yo ya fui juzgado y absuelto, confirmado por la Corte
Suprema de la Nación, en el año '87", fue todo lo que
dijo para justificar su negativa.
Distinto fue el caso de
Etchecolatz. "Con mucho gusto", respondió el
represor cuando el presidente del Tribunal, Nelson Jarazo,
le preguntó si accedía a prestar declaración indagatoria.
"Desde 1986 vengo siendo objeto de persecución
permanente" por parte de "intereses espúreos que
se manejaron con un sentido ideológico", manifestó. Y
opinó que los organismos querellantes en este juicio
"aniquilan el concepto de las instituciones del país"
y "se creen líderes de los derechos humanos". El
juez Jarazo debió instarlo a que sólo conteste las
imputaciones concretas que pesan sobre él, y sólo allí
comenzó el interrogatorio.
"Porque
es una dama"
Por Luz Zacconi
Por la tarde, el
defensor de Miguel Etchecolatz, Adolfo Casabal
Elía pidió la palabra al presidente del
Tribunal, Nelson Jarazo para comunicarle que su
defendido estaba siendo "agraviado"
desde el palco del público por una mujer
ubicada a escasos metros del banquillo del
acusado.
Ante la situación, que sorprendió a toda la
sala, Jarazo repitió lo que había dicho antes
y durante el transcurso del juicio acerca de que
el público se abstuviera de hacer menciones o
gestos de agrado o desagrado respecto de los
declarantes.
Luego, Etchecolatz pidió disculpas por haber
acusado a la mujer, aludiendo que "es una
dama" y que no mereció su imputación La
indagatoria continuó ante la mirada fija del público
sentado a sus espaldas.
Bergés
y Etchecolatz escrachados durante el juicio
Unos treinta jóvenes
se concentraron hoy en la puerta de los
Tribunales platenses para hacer oír su reclamo
de justicia ante la presencia de los represores
en el momento en que la defensora oficial, Laura
Díaz, exponía las nulidades. La presencia de
este movimiento volvió más tenso el ambiente y
originó miradas expectantes de los asistentes.
"Olé, olé,
olé, olá, como a los nazis les va a pasar;
adonde vayan los iremos a buscar". Fue el cántico
enfático que se escuchó desde el interior de
la sala de audiencias, cuando la Mesa de
Escrache Popular, integrado por HIJOS La Plata y
otras agrupaciones estudiantiles, se concentró
en la puerta de la Cámara Federal.
Sorpresivamente,
el grupo ingresó al hall de los Tribunales
encontrándose con policías federales y
personal de Prefectura. Así, el sonido de los
cantos se escuchó en el primer piso
imposibilitando la audición nítida del
argumento de Díaz, por lo que juez Nelson
Jarazo ordenó un cuarto intermedio, al mismo
tiempo que dejaba ver su molestia por la
interrupción que urgía realizar. La agrupación
se retiró después de que el juez Leopoldo
Schiffrin saliera a explicar que el juicio
continuaría sólo cuando todo volviera a la
normalidad.
Entre tanto,
personas que se acercaron a la planta baja
observaron que uno de los vidrios de la puerta
principal del edificio estaba roto. Según una
versión que circuló entre los presentes, habría
sido una persona en condiciones de libertad
condicional que debía notificarse en un
juzgado. La desesperación por entrar al lugar y
el encuentro con la manifestación, habría sido
la causa del accidente que, afortunadamente, no
produjo heridos.
|
Burocracia
para entrar
Por Francisco Martínez
El
Tribunal, junto a la Policía Federal, desplegó
un burocrático operativo a la hora de dejar
ingresar al público y a la prensa a la sala de
audiencias. En forma lenta, con
"cacheo" y revisión de bolsos —lo
que hizo demorar el comienzo de la audiencia—
se fue dejando ingresar a las personas que se
habían acreditado por organismo o a los
periodistas por medio de prensa.
La APDH había
solicitado en un escrito presentado ayer un cupo
de personas para colaborar con el trabajo de los
abogados y otro cupo para los periodistas que se
encargan de redactar estos informes y ayudar a
la prensa en general en su trabajo.
Ese escrito fue
ignorado y las listas estaban configuradas de
otra forma. Los encargados de prensa de la APDH
La Plata estaban en la lista general de medios,
pero el prosecretario a cargo del
"operativo" sentenció que sólo uno
de ellos podía ingresar . Además, se empeñó
en hacer entrar primero a los medios
"grandes", incluso a los que no
estaban acreditados.
Con mucha
dificultad y tras una engorrosa discusión, el
paso se franqueó. Un detalle: al comenzar el
Juicio, todavía había lugares vacíos en la
sala.
|
|
Etchecolatz —quien asumió
el cargo de Director General de Investigaciones de la Policía
de la provincia de Buenos Aires apenas pocos días después
del golpe de Estado del '76— sostuvo que el control
operacional de los centros clandestinos de detención, y de
los prisioneros que allí se alojaban, lo tenía el Ejército.
Ante las preguntas de los
jueces, el represor admitió que realizaba recorridas por
las brigadas de Investigaciones bajo su mando, pero dijo que
"donde había área restringida yo no podía
pasar". Con esto quiso desligarse de lo que ocurría
dentro de las celdas, que según él estaban "bajo
autoridad militar". No obstante, el mismo represor
reconoció que eran policías, y de menor rango, los que se
encargaban de la custodia y alimentación de los detenidos
ilegales.
"(A los detenidos) ni
se les preguntaba el nombre", aseguró Etchecolatz, en
un intento de reforzar su teoría de que "la policía
no tenía nada que ver". Aunque después, en un
descuido, deslizó que "(los prisioneros) nos llegaban
con un nombre, con un número y se acabó el problema".
Según el represor, en
rigor no existieron centros clandestinos de detención:
"No era nada clandestino, eso fue un manejo del
marxismo, que los llamó «pozos»". Y añadió que
"todos los centros que yo conozco, y que estaban bajo
la Dirección General de Investigaciones, eran todos
conocidos" y "hasta de acceso público".
Etchecolatz se cuidó
constantemente de asentar la estructura jerárquica dentro
de la Policía provincial, en un intento de separarse lo más
posible de Bergés. En todo momento, hizo hincapié en que
la cadena de mandos "se respetaba al pie de la
letra". Según el represor, esto significaba que él no
daba órdenes sin intermediarios al médico policial y que
éste tampoco le comunicaba sus acciones directamente.
No obstante, Etchecolatz
tuvo que admitir que tanto la Brigada de Investigaciones de
Quilmes como la de Banfield estaban bajo su mando, y que
Bergés recorría ambas dependencias para atender a los
detenidos. Y al tratar de despegarse de esa responsabilidad,
el represor cayó en una contradicción: por un lado,
insistió en que las Brigadas habían sido "cedidas a
la autoridad militar" y que por lo tanto "no tenía
que haber detenidos comunes". Pero por otro, al hablar
sobre las recorridas de Bergés por los centros
clandestinos, dijo que el médico policial sólo atendía
"a los delincuentes comunes".
En todo momento,
Etchecolatz se refirió a los detenidos ilegales como
"prisioneros de guerra", e incluso se permitió
relatar una "anécdota", al ser interrogado sobre
los partos ocurridos en centros clandestinos de detención:
"Hubo un nacimiento en el cual hemos participado (...).
Aquellos humildes vigilantes, que hoy la querella llama
criminales, tuvieron la calidez de regalarle un cochecito y
le hicieron una fiestita a la madre y al bebé".
El ex comisario sostuvo que
no sabía qué sucedía con las detenidas ilegales que
estaban embarazadas:
— Si había un parto en
una Brigada, ¿la Policía se enteraba?— inquirió el juez
Jarazo.
— Es que no dio a luz
nadie— contestó impertérrito Etchecolatz.
Cuando se le preguntó si
conocía a la madre y a la abuela de Carmen Sanz, ambas
desaparecidas, respondió que "ni idea".
El imputado quiso dejar
asentada su percepción de que los "digitados y
cruentos" cargos de los que se lo acusa serían
producto de la "maldad" de los organismos de
derechos humanos querellantes. Ya al comienzo de la
indagatoria había dicho que al escuchar la lectura del
requerimiento de elevación a juicio del fiscal Carlos Dulau
Dumm sintió "pena y vergüenza". Más tarde, le
dijo que le iba a recomendar "un muy buen medicamento
para la memoria".
Etchecolatz dio por
terminada su declaración abruptamente, después de que el
fiscal Hugo Cañón le hizo una pregunta que el represor
consideraba que ya había sido contestada. Primero
pidió "moderación" en las preguntas, luego dijo
que "al señor (por Cañón) no le respondo más".
Finalmente, decidió no continuar con la indagatoria.
Minutos antes, y desafiando las formas, su abogado defensor,
Adolfo Casabal Elía, le había recomendado que no declarara
más.
Antes de irse, el represor
dijo que "aquí se desdibuja la realidad con fines espúreos"
y que se encontraba en una "situación a la que estaba
sometido ilegalmente". Ya al principio de la
indagatoria había intentado sostener esta postura:
— ¿Tiene usted
antecedentes condenatorios? —preguntó el presidente del
Tribunal.
— No le puedo decir,
porque tengo un bagaje de procedimientos ilícitos que no sé
si hay condena. En definitiva, no sé. Si estoy preso desde
hace, no sé, ocho o diez años (sic) injustamente.
— Concretamente, ¿sabe
si tiene antecedentes condenatorios y puede identificarlos?
— No los puedo
identificar.
|