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9 de junio de 2004 - B

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En 1984, un represor llamó a una Madre
para decirle dónde estaba su hijo

Le ocurrió a Nadia Vicentini, madre del desaparecido Guillermo Ricny. El represor tenía datos concretos del secuestro, le pedía diez mil dólares y decía que la Conadep estaba "infiltrada". También declararon un ex detenido y un policía.

Por Francisco Martínez y Lucas Miguel (Secretaría de Prensa)


LA PLATA.- La madre de un desaparecido contó hoy que fue "citada" en 1984 al penal de Caseros por un presunto represor que tenía datos concretos del secuestro de su hijo y le pedía dinero a cambio de información sobre su destino.

Esto le pasó a Nadia Vicentini, madre de Guillermo Ricny, secuestrado junto a su esposa Graciela Nogueira el 21 de julio de 1977. Siete años después, un hombre que estaba detenido en el penal de Caseros la convocó a ese lugar de detención para "ofrecerle" el plan extorsivo.

"Me llamó el director del penal", declaró Vicentini, quien no pudo recordar el nombre, y añadió que este funcionario estaba al tanto de lo que le proponían: "Iban mitad y mitad", explicó.

El detenido le pidió a la madre de Ricny diez mil dólares a cambio de decirle en qué lugar de una fosa común del cementerio de Avellaneda estaba enterrado su hijo. La mujer le contestó que no tenía el dinero y que tampoco le interesaba. "Si mi hijo está enterrado ahí con los compañeros, que se quede con los compañeros", declaró.

Pero ese presunto represor dijo más cosas: afirmó haber estado en el secuestro de Ricny y su esposa y le dio datos concretos. Vicentini los sabía porque ella misma fue testigo e incluso fue secuestrada por unas horas.

"Me dijo que él había desinformado a la Conadep. Que esa comisión estaba inflitrada" por represores, señaló Vicentini. Y agregó, más tarde: "También me dijo que había torturado él mismo a Graciela (...) Que los norteamericanos le habían enseñado a torturar en la escuelita de Panamá".

La mujer señaló que esto ocurrió en el otoño o el invierno de 1984, y que en una mudanza perdió un texto que había escrito sobre las gestiones. Los jueces le pidieron que, si en la tranquilidad de su hogar, podía hacer esfuerzos por reconstruirlo.

En ese texto estaban los nombres de las personas involucradas en el plan extorsivo. El represor que estaba detenido en Caseros le dijo a Vicentini que el jefe del penal "había estado" en la masacre de Trelew, ocurrida en 1972.

El secuestro del matrimonio Ricny-Nogueira se produjo en su domicilio de Bermúdez 633, Burzaco (Gran Buenos Aires). Pero esa noche habían ido al cine y los represores los fueron a buscar al domicilio de Vicentini, en donde robaron cosas de valor y "me llevaron de rehén por si mi hijo no aparecía". Allí estaba el pequeño hijo del matrimonio, de casi 4 años, que declaró en este Juicio el año pasado.

"Si no hubiese estado Nahuel en mi casa yo sería también Abuela de Plaza de Mayo", reflexionó Vicentini.

La testigo señaló que se la llevaron en un auto y que escuchó cómo sus secuestradores pedían permiso por una radio para "entrar a otra zona". Después, el grupo represor se encontró con otro similar. "Ahí le pregunté al que me custodiaba: '¿Hace mucho que haces esto? ¿No estás cansado?'. Y me contestó: 'Si salgo, me chupan'".

Después, sintió que cargaban a su nuera en el auto. Escuchó que preguntaba por su hijo. Horas después, Vicentini fue liberada, sin saber a dónde se habían llevado a sus seres queridos.

Un mes después, un hombre mayor se contactó con ella para decirle que Guillermo había estado con él en el centro clandestino "El Vesubio". La madre del desaparecido nunca supo el nombre del sobreviviente.

La mujer dijo que realizó gestiones en la embajada de Alemania, ya que su esposo era de esa nacionalidad. "Los alemanes nos recibían, nos ofrecían cenas. Pero nunca hicieron nada", aseguró.

También, junto a otras madres, fue a ver al ex obispo de Lomas de Zamora, Marcelo Colinos. "No nos recibió jamás. Era un militar con sotana. En vez de un obispo, era un representante de allá abajo, del demonio".

Nadia Vicentini, que hoy tiene 77 años y dijo que su ocupación era "Madre de Plaza de Mayo", pidió a los jueces que le digan si su declaración va a servir para algo. "Quiero saber si alguien va a ir preso. Vamos a estar muertas nosotras y ellos (por los represores)", afirmó. Al terminar su declaración, pidió: "No me quiero morir sin ver la Justicia. Y ya estoy más cerca del arpa que de la guitarra".

"Me ataron con cadenas"

También declaró Juan José Rúa, un sobreviviente que fue secuestrado el 14 de octubre de 1977 junto a su esposa Herna Silva (fallecida), de su casa de Témperley, en el sur del gran Buenos Aires.

Rúa recordó que los represores llegaron en tres autos y que quien comandaba el grupo vestía un traje. Los llevaron a la Brigada de Quilmes: "Ahí me ataron con cadenas a una columna. A mí mujer también. Todavía tengo las marcas de las cadenas".

En ese centro clandestino estuvieron entre cuatro y cinco meses. Estaban encapuchados sólo cuando los movían de lugar o venía "algún jefe".

Después, Rúa y su mujer fueron llevados a la comisaría 3° de Lanús, en Valentín Alsina, donde pasaron otros seis meses. El sobreviviente se preocupó por destacar que las condiciones de detención allí no eran mejores, y que les daban muy poco de comer.

"Los policías tiraban cajas de pizzas sin abrir, enteras, y nosotros no comíamos por tres días", recordó. "Si no fuera por los presos comunes, mi señora hubiera muerto ahí. Le dio una hermorragia interna en el estómago por no comer, y los familiares de los presos le llevaron leche, yogurt, y remedios", agregó Rúa.

El próximo lugar de detención fue la Unidad 9. La Cámara Federal le mostró a Rúa su legajo del Servicio Penitenciario Bonaerense en el que constaba su ingreso (octubre de 1978) y su egreso (mayo de 1979).

Su último destino fue la cárcel de Caseros. De ahí salió, con libertad vigilada, recién hacia junio de 1980. "Yo pedí la salida del país y me la negaron. (El ministro del Interior, Albano) Harguindeguy contestó que, por no ser peligroso, yo era recuperable para la Nación", recordó.

Un policía casi jubilado

Hoy también declaró el policía Deolindo Ramón Velazquez, de 65 años, quien actualmente ostenta el cargo de suboficial principal y presta servicios -tal como lo hizo durante la dictadura- en la comisaría 3ra de Lanús.

De la misma forma en que lo han hecho los policías que declararon en las últimas jornadas de audiencias, Velazquez reconoció la presencia de "detenidos políticos" en los calabozos de aquella seccional durante la última dictadura cívico-militar.

Cuando le preguntaron si veía con frecuencia a los detenidos, dijo: "Cómo no los vamos a ver si estábamos ahí".

El policía dijo que durante la dictadura en los calabozos de la 3° sólo había "detenidos políticos": "Los comunes iban a distintas comisarías", aseguró.

No obstante su contacto con los detenidos, sostuvo no saber cuántos estaban alojados en la dependencia aunque indicó que nunca eran más de 10 o 12. El abogado de la APDH La Plata, Jaime Glüzmann, le preguntó entonces qué capacidad tenían las celdas y el policía replicó: "El criterio de cuántos (detenidos) tenía que haber era todos los que querían poner. No les preguntaban si estaban cómodos".

Si bien señaló que su función era la de patrullar las calles, reconoció que durante un mes debió cumplir la de cabo de guardia. Es decir, a cargo del cuidado de los detenidos. "Les cocinaba yo, por mi cuenta. Yo iba a la esquina, a la carnicería, a pedir. Y mi hija tenía panadería. Llevábamos pan, facturas... Les daba mate cocido a la mañana. Si tenía azúcar les ponía; si no, no", se jactó.

Tras relatar el episodio, el juez Julio Reboredo le preguntó cuántas raciones de comida preparaba, para de esa forma establecer la cantidad de detenidos alojados. "No me acuerdo cuántos platos servía. Les daba un poquito a cada uno", respondió Velásquez.

El ex policía, que cuenta los días para jubilarse -dijo que le quedan 41-, aseguró que con sus compañeros "nunca hablamos sobre lo que pasaba (con los detenidos). Hablábamos de algún problema nuestro, pero no de eso".

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