Hicieron
una emboscada contra
una joven en la casa de un secuestrado
Al
darse cuenta de la maniobra, la muchacha se tragó una
pastilla de cianuro y murió en el acto. Lo contó Alberto
Maly, quien pasó por el Pozo de Quilmes, la 3° de Lanús y
la Unidad 9. Desde el Pozo lo trasladaron a su casa para
engañar a la mujer, que era militante montonera.
Por Lucas Miguel (Secretaría de Prensa)

Maly estuvo
secuestrado un año y luego se exilió en Alemania.
(Foto: F. Martínez) |
LA
PLATA.- El sobreviviente Alberto Felipe Maly relató hoy
ante la Cámara Federal el periplo que vivió dentro y fuera
de los centros clandestinos de detención durante la última
dictadura cívico-militar: los represores lo llevaron a su
casa de Ranelagh para emboscar a una joven, que al advertir
la maniobra se suicidó en la puerta de la vivienda con una
pastilla de cianuro.
Maly, hoy un electricista jubilado de 73 años, trabajaba
por entonces en la automotriz Peugeot, en la localidad de
San Francisco Solano, partido de Quilmes. A mediados de
septiembre de 1977 fue secuestrado en su domicilio y estuvo
en cautiverio hasta el 28 de septiembre de 1979, fecha en la
que pudo viajar a Alemania para exiliarse.
Durante la primera parte de
su testimonio, el ex detenido trató de buscarle una causa a
aquella persecución y le contó a la Cámara que nunca tuvo
participación sindical ni militancia política, pero que
había liderado en Peugeot el movimiento fabril de noviembre
de 1975, en el que realizaron una huelga por reclamos
salariales los trabajadores de las plantas automotrices. Fue
durante aquel conflicto que fueron "marcados" los
obreros de la Mercedes Benz que empezaron a desaparecer, al
año siguiente, comenzada la dictadura.
"Las negociaciones
llegaron a buen fin en enero (del '76). Habíamos pedido una
mejora salarial porque la producción había aumentado en 40
autos por día", recordó Maly. Y agregó: "No
atribuyo el hecho de mi secuestro a eso, porque los
militares de la intervención (del sindicato de
metalúrgicos) estuvieron presentes en las
negociaciones".
Entre llantos, señaló,
"con toda la vergüenza que todavía siento", que
"aquellos que decían representarnos usaban la ropa de
los que venían a reprimir", en alusión a los
interventores militares de los sindicatos.
Por aquellos años Peugeot
contaba con entre cinco y seis mil trabajadores, que todos
los años en febrero paraban la producción para realizar
las tareas de reparación de equipos y maquinaria. Maly
señaló que la automotriz contrataba nuevo personal, dado
que con el existente no alcanzaba. En esa oportunidad tuvo a
su cargo a un joven llamado Eduardo Rosen, con quien
entabló una relación de amistad. Hasta le consiguió
trabajo en la empresa.
Rosen iba a su casa seguido
y la esposa de Maly tejía ropa para su hija. La última vez
que lo vio el joven le dejó una caja. "Me dijo que
sólo se la tenía que entregar a su mujer. Yo, cobarde, me
deshice de la caja y la enterré en el fondo del patio,
porque con las cosas que pasaban en aquella época...",
señaló el testigo.
El 16 o 17 de septiembre de
1977, cuando Maly regresaba a su casa después de doce horas
de trabajo, la encontró tomada: "Había 'caños' por
todos lados. Me hicieron bajar del coche, me ataron las
manos con alambre y me tiraron al piso. Después empezó el
paseo", relató. Lo llevaron a la Brigada de
Investigaciones de Quilmes, el Pozo.
Después de dejarlo un rato
atado a un poste en un garaje, donde lo insultaron y
golpearon, lo condujeron a una habitación, lo hicieron
desnudar y lo torturaron: "Me ataron de los pulgares y
de los dedos mayores de los pies. Me rociaron con agua y me
aplicaron la picana en las encías, los genitales, en todo
lados", afirmó Maly. "Si supiera cuánta rabia
tengo", le dijo llorando al Tribunal.
Durante la tortura los
represores "querían que aceptara una relación
subversiva con el señor Rosen, que reconociera que
fabricaba bombas y que había puesto bombas en
Peugeot", señaló el testigo. Para ello, le hicieron
escuchar la grabación de un niño que gritaba "papá
me pegan". "Yo tuve que largar la carcajada.
Querían hacerme creer que era mi hijo, pero era evidente
que no", agregó.
"'Danos nombres', me
decían. Y yo empecé a tirar nombres de amigos,
compañeros, hermanos. No puedo imaginar a quién no
mencioné", dijo. "Algunas de esas personas
recibieron visitas de estos tipos, pero por suerte a ninguna
le pasó nada", añadió.
Y agregó que "a
Eduardo Rosen lo vi muerto ahí. Su cadáver estaba donde me
torturaron".
Al día siguiente, cuando
se recuperó de la tortura con picana, una patota sacó a
Maly de la celda y lo llevó a su casa. Los represores
querían dar con la esposa de Rosen, militante montonera.
Sabían que la mujer iba a ir, tarde o temprano, a buscar la
caja que Rosen le había entregado a Maly tiempo atrás. Era
viernes. Los represores tuvieron que esperar hasta el lunes.
En esos tres días,
mientras los represores jugaban a las cartas y apostaban los
ahorros en dólares que le habían robado, recibió la
visita de sus socios de un criadero de chinchillas y de una
delegación de trabajadores de Peugeot. "Me ofrecieron
traer los cinco mil obreros para exigir mi liberación. Les
dije que no, porque nos iban a matar a todos, a mi mujer y a
mis hijos", señaló.
La esposa de Rosen llamó
el lunes y Maly atendió con un arma apuntándole en la
cabeza. La mujer quería pasar a retirar la caja que había
dejado su esposo. "Fui cómplice de un asesinato.
Estaba con un arma en la cabeza y mi hijo y mi mujer
amenazados de muerte. Le tendí una trampa, le dije que
viniera. Ellos (por los represores) estaban
escuchando", dijo compungido el sobreviviente.
Maly señaló que la joven
llegó por la tarde. "Ella llevaba una pastilla de
cianuro en la boca y la masticó cuando la patota abrió la
puerta. Le quisieron hacer un lavaje de estómago con una
manguera, pero se les murió", relató. Los represores,
entonces, llamaron a la comisaría de Ranelagh, cuyos
efectivos se llevaron el cadáver.
Minutos después de ese
episodio, Maly fue nuevamente llevado al Pozo de Quilmes.
Tuvo dos sesiones más de tortura con picana. "Te
bajamos (de la celda, ubicada en un segundo piso) para
divertirnos. Quería picanear a alguien y te bajé a
vos", le dijo un represor. Recordó que entre el
personal estaba el médico Jorge Bergés y que entre las
víctimas había otros dos obreros de Peugeot, Jorge Guidi y
otro de apellido Fiore, ambos desaparecidos.
Maly también habló de las
inhumanas condiciones de detención que había en ese centro
clandestino. "Nos daban de comer fideos o polenta a
medio hacer día por medio y a veces pasaban hasta cinco
días. Lo mismo pasaba cuando queríamos ir al baño.
Hacíamos nuestras necesidades en un tarro de
lavandina", señaló.
En una oportunidad que lo
bajaron de la celda a la planta baja —donde estaban las
oficinas— para interrogarlo escuchó decir a un represor:
"Tenemos cuatro traslados a la IMPA". Según dijo,
eso le permitió inferir que los detenidos eran tirados
desde aviones al mar. IMPA es la sigla de las viejas
Industrias Metalúrgicas Plásticas Argentinas —que
funcionaron en plenitud durante los dos primeros gobiernos
peronistas (1946-55)—, donde ya a fines de los '70
funcionaba la Escuela de Aeronáutica de Quilmes.
"Desde ese lugar y de la ESMA trasladaban gente en
avión para arrojarlos al mar", dijo Maly.
El 11 de febrero de 1978
fue trasladado desde el Pozo de Quilmes a la Comisaría 3°
Lanús (Valentín Alsina) junto a Juan José Rúa y su
esposa, Herna Silva. "Los de la patota se despidieron
como si fuéramos grandes amigos. Me abrazaban y me decían
'abuelo, te salvaste'", afirmó.
Allí, dijo, "me
engordaron, me afeitaron y me cortaron el pelo". El 7
de septiembre de aquel año recibió las primeras visitas de
su familia. Y el 9 lo largaron. La noche del 22 recibió
nuevamente la visita de la patota en su casa: "Maly,
acompáñenos, que faltan firmar unos papeles", le
dijeron . "Fui en mi auto para poder regresar a casa
por mis medios. Los tipos me presentaron ante el comisario y
quedé detenido", dijo. Ahí se enteró que había sido
puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional por
decreto 2038/78 y que le habían dado la libertad por error.
Maly estuvo un año más
preso en la Unidad Penal N°9 de La Plata, de donde salió
el 28 de septiembre de 1979 rumbo a Alemania. En la U9
reconoció entre los guardiacárceles a uno de sus captores.
"Estaba en la cárcel pero el miedo persistía. La
'verdugueada' era permanente", señaló.
El sobreviviente residió
en Alemania hasta marzo de 1984 y cuando regresó al país
declaró en la Conadep y en el Juicio a las Juntas. Por
aquellos días revisó el fondo de su casa para buscar la
caja que le había dejado Rosen, pero los represores ya lo
habían hecho por él. Habían removido la tierra del patio
en varias visitas que hicieron en su ausencia.
Su caso fue uno de los
pocos en los que el Ejército reconoció en un documento una
detención ilegal: en la causa obra una constancia firmada
por el capitán Alberto Juan, fechado en el Regimiento de La
Tablada el 11 de septiembre de 1978, que señala que Maly
"no es responsable de cargo alguno y su detención se
debió a un error involuntario de personal ajeno a esta
Unidad" y que "a los efectos de salvaguardar el
buen nombre y honor" de Maly "se le extiende el
presente certificado".
El tal Minicucci
Esta mañana declaró la
Abuela de Plaza de Mayo Yoli Elena "Muñeca"
Opezzo, en el marco de la causa en la que se investiga el
asesinato de Laura Carlotto y el paradero de su hijo Guido,
nacido en el Hospital Militar Central en junio de 1978.
Yoli, que recuperó a su
nieto Juan Cabandié a principios de este año, había sido
citada para aportar datos sobre el militar de apellido
Minicucci acusado de comandar la entrada y la salida de
Carlotto de aquel nosocomio. Como la mujer no pudo aportar
datos precisos, el tribunal decidió terminar la
declaración y citar a quien la acompañaba, la abogada de
Abuelas, Alcira Ríos.
Ríos relató que, en el
marco de la investigación penal que lleva a cabo la jueza
federal porteña María Romilda Servini de Cubría, pudo
determinarse que en el Ejército revistaron tres hombres de
apellido Minicucci:
- Un médico, de nombre
Julio César, que al momento de la investigación pasaba
los 80 años y se comprobó que no tuvo relación con la
represión ilegal;
- Otro que en los '90
revistaba en el Comando en Jefe y cuyo nombre (que no
recordó) sería Ignacio. Este hombre tiene un hijo
nacido en una fecha próxima a Guido Carlotto y se
prestó a realizarse un examen de ADN, que arrojó
resultado negativo.
- El tercero es el
represor; su nombre es Federico Antonio, fallecido y,
según relató Ríos, su fotografía fue reconocida ante
Servini por el ex conscripto Carlos Aníbal López
López, quien custodió a Carlotto el día del parto.
"Actuó en muchos campos: El Vesubio, El Atlético,
El Olimpo, El Banco, la ESMA. Era jefe de inteligencia
del regimiento de La Tablada y era nexo entre la Marina
y el Ejército", dijo Ríos.
"Bueno, la cuestión
es que ya pasó a mejor juez", añadió el juez
Leopoldo Schiffrin sobre Minicucci. Con el legajo del
represor en la mano, señaló que el militar había obtenido
altas calificaciones y que había sido felicitado por el
general Leopoldo Fortunato Galtieri.
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